1
Elige un programa
La gente comparaba las funciones de los editores de imágenes de escritorio, la compatibilidad con sistemas operativos y la curva de aprendizaje antes de descargar nada. Una lista de funciones no podía mostrar si los controles resultaban fáciles de manejar para una tarea concreta.
2
Prepara un espacio de trabajo
Tras la instalación, los usuarios abrían un archivo, aprendían a usar los menús y comprobaban dónde guardaba el programa su copia de trabajo. Esa inversión hacía menos atractivo cambiar de herramienta, incluso cuando solo necesitaban una edición más sencilla.
3
Evalúa el archivo exportado
La prueba útil siempre era el resultado: texto legible, bordes limpios, dimensiones adecuadas y un archivo que el destinatario pudiera abrir. Esas comprobaciones siguen siendo más importantes que una interfaz de aspecto impresionante.